Shanghai se entiende desde la orilla del Huangpu. En el Bund, el malecón de kilómetro y medio donde las concesiones extranjeras alinearon bancos, aduana y hoteles de piedra, un reloj de aduana ha cambiado de melodía con cada giro político. Enfrente, en la punta de Lujiazui, la Torre de la Perla Oriental, 468 metros y once esferas levantados entre 1991 y 1994, fue la primera seña del nuevo distrito de Pudong. Hacia el sur, en la vieja ciudad amurallada china, el Jardín Yu conserva el jardín privado Ming que se empezó en 1559 y la casa de té más antigua de la ciudad. Al norte, en Tilanqiao, una sinagoga asquenazí de 1927 es hoy el memorial de los casi 20 000 refugiados judíos de Shanghai, en el corazón de la zona restringida donde los japoneses encerraron en 1943 a los apátridas. En la antigua Concesión Francesa, Tianzifang salvó sus callejones shikumen de la piqueta cuando artistas y vecinos alquilaron las plantas bajas, y el Edificio Wukang, que László Hudec encajó en 1924 en una cuña de 30 grados, visto desde el oeste parece un barco que corta las olas. Y al noroeste, el Templo del Buda de Jade guarda dos budas birmanos de mármol blanco llegados en 1899.
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